Me llama poderosamente la atención, siempre me lo ha llamado, la importancia que muchas personas dan a las banderas, me atrevería a decir que, muchas de ellas, le dan más importancia que al resto de la humanidad que no esté representada por “su” bandera. Y no es un problema de este país, creo que es un problema, si me permites que lo llame así, de media humanidad.

En varios países de la América que yo he visitado, sobre todo en los Estados Unidos, donde una parte de la ciudadanía hace apología de su bandera en su automóvil, en su jardín, en el balcón de su casa e, incluso en la solapa del traje de los domingos.

Y, entiéndeme, no es que me parezca mal, ni tampoco bien. Simplemente me extraña. Y es que, además, algunas de esas personas están dispuesta a agredir a otros humanos, no porque la ultrajen, sino porque simplemente porque desprecien su idolatrada bandera y lo que aún me resulta más incomprensible, es que ellos sí se sientan legitimados a ultrajar las banderas ajenas.