Bajo tierra, donde el cemento agrietado es altar y el suelo empapado de pintura y sudor es la huella de la batalla que ya acabó, el autor se ha sentado en trono de cuero desgastado. Con la mano en el rostro y la mirada perdida en el eco silencioso de su triunfo, contempla el chillido agudo de su propia alma estampada en los muros. Ha vencido a lo convencional, ha convertido el caos en un imperio de color y, ahora, descansa, satisfecho de haber dejado su arte para siempre en el reino de lo efímero.