
Cuando la humanidad se junta en número suficiente, algo se quiebra en la escala de lo individual. No es una suma de personas: es una aleación. La multitud no piensa; se aliena y se embrutece. En ese tránsito, la singularidad se disuelve como un azucarillo en agua caliente y se disfraza con un uniforme para desaparecer.
La multitud es la mentira. No porque mienta, sino porque hace imposible la verdad, que solo acontece en la soledad del individuo ante su conciencia. Cuando la uniformidad se impone, la humanidad deja de ser un conjunto de biografías y se convierte en un fenómeno meteorológico: una tormenta con forma de gente. Y las tormentas no tienen culpa, pero tampoco tienen rostro.
La masa es, en el fondo, una forma de cobardía: el refugio de quien no quiere ser sujeto.