Caminaba sobre los pétalos de la flor como quien camina sobre una arena mullida y blanda que las olas han besado sin prisa. Cada paso despertaba un susurro blanco, una pequeña luna deshojada que se hundía sin queja bajo sus pies.

Los pétalos cedían a su paso, dóciles, y luego volvían a su sitio como si el viento los acomodara con cuidado, sin prisa. Nunca se dirigió al centro y prefirió girar sin fin.

Su viaje no tenía destino: estaba prendido por el recuerdo.