
Bajo un cielo de nubes de algodón, la playa se extiende en un manto dorado y sereno. A lo largo de la orilla, una hilera de carpas se alza como un pequeño ejército de velas varadas. Sus lonas, dibujadas en perfectos tonos de azul y blanco, crean un ritmo visual que adormece la mirada.
El sol acaricia las telas, y una de las carpas, capullo antes de romperse en flor, quiebra la perfecta armonía de la fila.
Todo en este rincón parece suspendido en una calma atemporal, un paisaje donde el tiempo se detiene para contemplar la serena armonía entre la tierra y el cielo, pero detrás del muro de tela la humanidad bulle en el caos.