El encanto de Ragusa es la suma de su dramática topografía (una ciudad esculpida en la roca entre barrancos), la exhuberancia de su barroco, la autenticidad de su vida diaria y la intensidad de sus sabores. Es un lugar para pasear sin prisa, mirar hacia arriba para admirar los balcones, hacia abajo para descubrir los valles, y detenerse a saborear un cannolo o un café, sintiendo el peso de la historia y la calidez de su gente.

Sus dos almas —Ragusa Ibla y Ragusa Superiore— ofrecen al viajero un contraste único entre tradición y modernidad, con iglesias majestuosas, callejones empedrados y miradores que regalan vistas mágicas sobre el valle.