Un hombre dibuja un sol que no arde, que apenas respira sobre la piel fría de la arena.
Cada círculo es una frontera contra el olvido, una forma de medir el silencio.

El mar, fuera de cuadro, parece contener la respiración para no borrar el hechizo.
La sombra del paseo cae como una escalera rota hacia ninguna parte.

Pienso que ese centro oscuro es un corazón desenterrado, latiendo despacio.
El artista se inclina como si escuchara a la tierra dictarle un secreto.

Todo desaparecerá con la próxima marea, y sin embargo ahora es infinito.
Hay gestos tan frágiles que solo existen para enseñarnos a mirar.