A veces me detengo y pregunto: ¿hay alguien? No lo sé. Lo que antes parecía una presencia clara, ahora se desdibuja como una figura en la niebla matinal. Cuanto más intento afirmarla, más se disuelve entre mis dedos.

Vivo en la extraña condición de buscar algo que no sé si existe, de gritar hacia un vacío que quizá solo devuelve el sonido de mi propia necesidad. Este silencio que me rodea no es hostil ni acogedor: es simplemente silencio. Y en él, mi pregunta flota sin encontrar destino.

A tientas. Sin saber. Esperando acaso que la bruma un día se disipe, o que aprenda a vivir en ella sin necesitar respuestas.