El vestido rojo de la turista es la última mancha de color que verá el mundo antes de que el cielo gris se desgarre. Desde lo alto del Corcovado, ella posa sonriente, ajena a que el paisaje perfecto no es un regalo, sino una trampa milenaria que ha decidido cobrarse la factura de los selfies. A sus pies, el mar de yates no son barcos, sino ataúdes blancos esperando al cargamento humano que la marea devorará al anochecer. 

La foto estará perfecta para el recuerdo, pero no habrá nadie que pueda ver el álbum de la catástrofe.

De las dos zonas de interés (mujer, Pan de Azúcar), sólo una permanecerá mañana.