La tempestad no ruge en los cielos, sino en el pecho del hombre, y va directa al alma. Se levanta como un grito ahogado, por el desgarro de un amor que nunca llegó, por la añoranza de un paraíso perdido que el corazón no cesa de anhelar. Cada ráfaga de viento arranca ilusiones, y el yo, desnudo, no tiene más horizonte que la bruma de su angustia. No hay consuelo que calme la soledad; el hombre sabe que el dolor no es un accidente, sino la esencia de su existir, y que la tempestad crece mientras se le mira. La única esperanza ahora es saber que tarde o temprano llegarán momentos de calma.