
En medio de un claro de bosque, entre la hierba mustia, dos blancas alpargatas parecen haber quedado petrificadas en su danza. No hay huellas que expliquen su llegada, ni sombras que delaten a su dueño.
Como lenguas de fuego herido emergen cintas de un rojo tan intenso que parecen sangre aún líquida. El viento se niega a mover las trenzas escarlatas, como si el tiempo se hubiera congelado para proteger un hechizo. Todo está quieto, expectante, esperando a que el sol se oculte.
Entonces, cuando llegue la noche, quizás las alpargatas vuelvan a moverse solas sobre la hierba, calzadas por seres que ya no tienen carne.