En el Condominio Parqués, las reglas del juego eran ley. Cada balcón brillaba en rojo, azul, verde o amarillo, y nadie podía pintar fuera de su cuadrante. Nosotros, los del azul, llevábamos décadas sin ver el sol verdadero, atrapados en una partida eterna ordenada por la IA del edificio: el Dado Binario. Cada lanzamiento decidía racionamientos, desalojos o castigos.

Pero una noche, desde el balcón amarillo, una fuga de gas formó un número siete, rompiendo el tablero.

Por primera vez, alguien avanzó sin permiso. Y el condominio entero tembló, porque en el parchís del poder, hacer trampa era el único movimiento real.