
Hace unos días me pararon por la calle con la intención de invitarme a responder a una encuesta. Normalmente nunca acepto ese tipo de invitaciones, pero la chica, joven y guapa, me pareció tímida, se sonrojó al abordarme, intuí que se dedicaba a esto de las encuestas por necesidad y acepté su propuesta. La encuesta iba sobre festejos, respiré aliviado que no fuera sobre política.
La primera de las preguntas me sorprendió. “¿Les gustan los toros?” Era muy fácil dar una respuesta políticamente correcta, pero para mi desgracia no pertenezco al rebaño de ovejitas sumisas que aceptan todas las verdades regaladas y opté por ser sincero y responder con la verdad. —¿Me pregunta que si me gustan los toros? Lo cierto es que no lo sé, nunca he asistido a una corrida. Y por tanto no puedo saber si me gustan o no. Es como los platos que nunca has probado, sólo los necios prejuzgarían si les gusta, o no, sin haberlo probado.
Y desde ese día me he mantenido en la duda de si me gustan, o no, los toros. Pero casualidades de la vida, esta semana se celebran las fiestas patronales de la aldea y entre los festejos programados por el Ayuntamiento están unas veladas taurinas. Para salir de mi duda he decidido ir a ver una corrida. Aprovechando que el día estaba nublado, he comprado una entrada de sol, son las más baratas, me ha costado 30 euros en la fila 18 del tendido 7. Duda despejada.