
Bajo el sol indeciso del Cantábrico, se alzan los centinelas bicolores de Ondarreta. No son meros trozos de lona y madera, sino estandartes desplegados en una alegre batalla contra el verano.
Forman una falange ordenada, un mosaico vibrante de azules y blancos que desafían el brillo cegador del mar. Cada uno es un reino efímero de sombra y frescura, un bastión privado desde el que se contempla, entre reposo y conversación, el eterno vaivén de las olas contra la isla de Santa Clara.
Son la primera línea de la civilización frente a la naturaleza salvaje, el lugar donde se forjan los recuerdos del verano. Los toldos de Ondarreta, mudos testigos de risas, lecturas y sueños a la orilla del infinito.