Quizá sea este tema del “tiempo” el más recurrido en las conversaciones cotidianas y en los espacios informativos. A veces me pregunto el porqué. Entiendo que desde el Neolítico hasta la revolución industrial era vital conocer e intentar descifrar el “tiempo” futuro, si llovía o brillaba el sol en la agricultura, si arreciaba temporal para los marineros, las fases de la Luna para las siembras o el marisqueo… todo un glosario de situaciones vitales para el futuro de la humanidad.

Pero lo extraño es que ahora, cuando ya no es vital, es cuando más interés despierta en la población. Todos los informativos dedican más espacio al tiempo que, incluso, al fútbol. En los teléfonos móviles, leo hoy, es la predicción del tiempo lo que más se consulta cada mañana. Y los telediarios de la noche es la noticia que más telespectadores atrapa. Todos deseamos saber la víspera si mañana saldremos a pasear con paraguas y gabardina o si, por el contrario, vestiremos de manga corta y sandalias. Y si viajamos. Quién no se informa del tiempo que hará en nuestro destino, qué ropa llevaremos…

Y, sin embargo, al otro “tiempo”, al que de verdad importa, ese que cada vez nos queda menos, el que día a día nos acerca hacia nuestra finitud, a ese tiempo le damos la espalda, lo ignoramos, quizá sea miedo o inconsciencia. Y es ese tiempo, el que a mi edad comienza a inquietarnos, ese tiempo que convierte al pasado, por muy largo que haya sido, en un tiempo efímero y se nos presenta lleno de vacíos, que cosas pudimos haber hecho y las obviamos.

Quizá eso es realmente la vida, dedicarle más interés el tiempo meteorológico y menos al tiempo vivido.